Bueno, bueno… tema peliagudo donde los haya.
¿Cómo afrontar el borreguismo en un espacio tan limitado como un avión? Con mucha paciencia después de varios a nuestras espaldas. Pero si hay algo claro es que esto sucede desde que la gente ha perdido el miedo a viajar en avión y los precios han bajado de forma directamente proporcional al miedo. Porque el miedo es libre, señores, así nos va.
Pero ya sin rodeos: desde que los vuelos en avión han bajado su precio y toda esa gente que en el pasado iba a Valencia (en el caso de Galicia a Miño o a cualquier playa de Vigo) con su 600, la abuela (muy importante porque reserva sitio en el merendero mientras la familia se baña), la mesa de camping, la merienda, el mantel de cuadros, el perro, la boina, la gallina… Toda esa gente ahora viaja en avión, algunos no saben ni a dónde van, no leen los carteles, se cuelan en el mogollón, gritan a sus amigos o familiares (por lo de la emoción de viajar en avión, imagino), corren… vamos, que en general alteran la paz de los demás y les ponen de paso los pelos de punta.
Una de las cosas que más hace este especimen emocionado es utilizar la cabina del avión como si fuera el 600 que tenía su padre cuando iban a la playa, y si de aquella no se facturaba para entrar en el coche, pues ahora no se factura para entrar en el avión, por si nos roban los chorizos que llevamos en la maleta, ¿no?
Pues nada, tú entras con tu ordenador y tu bolso, y como eres el último para evitar que la masa te aplaste con su emoción de “montar en avión”, pues ya no te entra en ninguna parte, y ves momentos tan rocambolescos como una maleta enorme con una niñata que la empuja mientras pone cara de pene flácido y dice: “No entra…” PUES CLARO QUE NO ENTRA, ZOQUETE!!! PORQUE ESO SE FACTURA, BOBA!!!
Y lo mejor de todo es que esta gente se enfada cuando las azafatas les sacan las maletas y las meten en la bodega. Una vez ví a un pobre policía ansioso porque habían bajado su maleta a la bodega y allí estaba su pistola reglamentaria. Bien pensado, a lo mejor me libré de un secuestro.
El segundo paso y siguiendo la excursión a la playa en el 600, está la hora de la merienda, ese momento entrañable cuando todo paleto que se precie saca su tupper ware con el chorizo y nos apesta a todos, incluida la azafata que pasa con el carrito de los bocatas, atónita cuando le piden un agua (es que se la quitaron en el detector de metales… malos…) ¡Lo que no entiendo es cómo pudo pasar el tupper!!!!!
Y luego llega el aterrizaje, un gusto, empiezan a sonar móviles antes de deber estar encendidos, la gente grita un poco más diciendo “¡Mira, mira!!, dependiendo del nivel de “charter” del vuelo hay aplausos al aterrizar, y dependiendo del borreguismo hay empujones para salir o no. Todo depende.
Y finalmente para cerrar, hay un último momento, que ya da risa en vez de generar el odio a la humanidad, que es cuando la manada, o los pequeños grupos, sin preguntar, se pierde por el aeropuerto: en busca de la maleta, en busca de la salida, en busca de una escalera mecánica, de una cafetería, de un cerebro nuevo… por lo menos, con lo que han dado por culo que por lo menos podamos echarnos unas risas, ¿no?
En fin, si ya lo decían Los Mismos: “tengo miedo al avión, también tengo miedo al barco, por eso quiero saber lo que debo hacer pa´cruzar el charco…”
Pues eso, como un viaje en 600 no hay nada. Ale, a volar.
